lunes, 19 de noviembre de 2012

La clase media desmonta el mito de Fernández

No siento lástima por Leonel Fernández, pero reconozco que la merece. Más allá de la política, el drama personal que debe ser el suyo en estos momentos mueve la conmiseración. Ególatra, construyó una autoimagen que le permitía ningunear sin más a quien disintiera de sus opiniones, elevadas a la categoría de concepto por obra y gracia del lambonismo ambiente.

Esa autovisión onanista lo llevó a hacer afirmaciones que han quedado para el vademécum de la política vernácula. Como aquella del 9 de abril de 2008 con la que justificó su rechazo al debate con otros candidatos porque no sabían “conceptualizar” y debatir sería “una ridiculez”.

Pero el narciso mulato ha encontrado su némesis en un movimiento social que le enrostra su falta de escrúpulos de gobernante con la palabra justa: ¡ladrón! El término no es un insulto, es un concepto colectivo: Leonel Fernández se robó las esperanzas del país de ser gobernado con decencia, de ser administrado con la mira puesta en el bienestar común, de ser dirigido por gente honorable.

En el plano más cotidiano, hay 187 mil millones de pesos que ahora tendremos que buscar entre todos porque Fernández se empeñó en realizar sus propios delirios y para ello se apropió de lo que no le pertenecía. Y eso, en español, se llama robar: “Tomar para sí lo ajeno, o hurtar de cualquier modo que sea”.

Lo que más debe dolerle a Fernández, conjeturo, es que epíteto no lo grita el manifestante barrial, tan fácil de menospreciar por las elites. Lo grita a todo pulmón una clase media a la que creyó tener a sus pies con el cuento chino de la “modernidad” y el “progreso” y poner siempre en trance con sus pastiches “teóricos”.

No, ya no emboba a la clase media. Frente a Funglode (cuerpo del delito), en el parque Independencia, en la Plaza de la Bandera, frente al Teatro Nacional, en las calles que ha tomado por asalto, la clase media ha pulverizado en menos de un mes el mito de una “superioridad” construida con los recursos públicos. Y no solo en Santo Domingo, sino también en todas aquellas ciudades en las que Fernández se sentía entre iguales.

En la protesta de los dominicanos en Nueva York, una joven levantaba una pancarta con la leyenda “No subestimen el poder de una juventud educada y con Smartphone”. Esos son los nuevos tiempos que el ensimismamiento de Fernández no le permitió ver jamás.


Margarita Cordero

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Déjenos saber sus comentarios bajo la etiqueta de Anónimo, no olvide su nombre y su correo electrónico al final del mismo. Sin nombre y sin correo electrónico no publicaremos comentarios. Absténgase de comentarios ofensivos e inapropiados.

El Administrador.